Estoy
sentado en la plaza principal del pueblo, café con leche en mano, despertando.
Hace tanto tiempo que no me detenía, así, a estar tan tranquilo, escuchando mi
respiración, a sentir como los pulmones se llenan de oxígeno marítimo. ¿Cuántos
hombres caminan sus sueños?
A lo lejos
una sonrisa, un bigote, es todo lo que veo, sonrisa, bigote, dientes casi
completamente blancos. Se alza una botella de mezcal y me hace un cuernito con
la mano, indicándome que si quiero tomar. Con una cálida sonrisa, le respondo moviendo
mis labios: “no gracias”, al menos quiero pensar que sí fue cálida, porque
recuerdo hacer énfasis en mi cariño, armonicé por lo menos moviendo mi cabeza
negativamente a la par de mis silenciosas palabras.
Son las
ocho de la mañana…”no mames”, pienso. ¿Cómo es posible que alguien tome mezcal
a las ocho de la mañana? Inmediatamente mi ego comienza a destrozar al pobre
hombre, yo soy mejor, yo no soy alcohólico, yo no destruyo a mi ego así,
bebiendo, yo lo destruyo con mis pensamientos. Ahhh muy chingoncito yo. Pienso
que soy mejor que él por eso.
Después me
doy cuenta que inclusive dentro de su “alcoholismo”, aun esa parte cálida de
ser humano, esa apertura de corazón, existe, y es gigante, es infinita, infinitamente
increíble. Inclusive dentro de su delirio humano el ser, el espíritu prevalece.
No importando que sea su vicio, no importando que sea su única amiga [a las ocho
de la mañana], esa botella, me la obsequia a mí, a un total desconocido. Ahora
de destrozarlo con mi ego me voy pal’ polo opuesto, siento compasión y simpatía
por él. Y hasta me dan ganas de decirle: “te quiero”. Te quiero porque existes
y tienes corazón, y estás vivo. Te quiero por compartir este momento de vida
conmigo.
El pueblo
tiene lo suyo, no lo puedo negar, lo mejor de lo mejor se une con lo peor de lo
peor. ¿Cuántas veces he dicho esta frase en otros de mis escritos? ¿Pero
cuántas veces lo he realmente sentido como ahora? En este pueblo no hay perdón,
porque no hay nada que perdonar, vivimos todos como encantados por un sueño,
estamos en éxtasis, vivimos como si estuviéramos cosechando el eterno placer…uno
que solamente para nosotros la vida aquí nos puede brindar.
Los hippies
se regocijan viéndole las piernas a las americanas, casi están al rojo vivo, el sol
las pone doradas, como color arena. Los músicos en la plaza y en la playa tocan
con todo y por todos lados, como si vivieran realmente de eso…quizá sí.
Desfiles de
surfeadores, altos, bajos, chaparritos, grandecitos, paisanos, canadienses,
americanos, europeos, australianos…hasta chicas guapas de tutti frutti se pasean con las tablas bajo el brazo. Un deporte
llamativo y exageradamente placentero... ¿Qué se yo del surf? Alguna vez me
dijeron que el único problema con surfear es que una vez que agarras una ola ya
no quieres hacer otra cosa más que agarrar olas.
“Cuidado…
es adictivo”, me dijo un señor parado en medio de la arena vendiendo pulseritas y
lentes de sol. Yo sonrío, porque alguna vez he soñado con ser alguien así, sí,
alguien así como un deportista extremo, con unos brazos musculosos y unas piernas
chingonsotas. ¿Acaso no lo hemos soñado todos o casi todos? Pero ahora me
conformo con vivir aquí, irme a nadar antes del atardecer, sacar a los turistas a la selva y subir
montañas. Esto ya es de por si todo
un logro. Vivir aquí es todo un éxito, en serio, toda una meta alcanzada.
Se nos
puede ir la vida viviendo así, comiendo quesadillas de camarón "al chipotle" por la noche,
amaneciendo con el sol pegadito al mar, como si fueran dioses gemelos, el astro como un ojo
divino que brota, el mar ruidoso pero sabio, el fuego como un guiño de la creación. Se nos puede ir la vida aquí,
sentados en la arena, meditando con el movimiento de la evolución, viendo como se parte en pedacitos el mar sacando baba y
creando mitos. Se me va la vida aquí, bombeando este corazón con fantasías,
conociendo visionarios de todas las edades y culturas, inmigrantes,
extranjeros, paisanos, todo mundo se ha perdido como yo aquí, algunos unos
días, otros unos meses, otros años, otros pa’ siempre, otros pa' que les cuento. Pero todos nos perdemos,
porque esto es… como diría un amigo americano que no puede pronunciar las palabras en español, “esto es…Salsalitou”. Creo que lo que quiere decir es…Sayulita. En el estado de Nayaritou, en Méxicou.
Me coloco
en posición de escritor, muy pipiris nice,
me tomo de la mano con la mente y comienzo a escribir, como lo hacía antes,
poesía, escrito, ensayo, cuento corto, que más da la etiqueta que le ponga.
Escribo y
ya está. De un lado la señora pidiendo dinero: “Peso por favor”, del otro lado
el americano pregunta al vendedor: “¿Cuánto por esto?, y de frente a mí un citadino de
la capital platica con su amigo: “No manches mano, en serio…”. Sí, me doy
cuenta que estoy en México y que la cultura florece de la forma más deliciosa, se desparrama como miel, así es la gente, y las palabras ahora me llegan, que comience mi
escritura. Abro mi cuaderno, pipiris nice, saco la pluma, a ver qué
tal:
*De arrecifes
y sueños
¿Quién me puede alumbrar el camino mejor que yo?
Perdonando voy avanzando, comprendiendo voy estudiando,
si no es con amor…no.
¿Acaso no es la vida aquella estrella que me forjé a
mi mismo entre los dioses?
Dios me mantiene en esta eterna danza, el humo me
sujeta en las entrañas de lo etéreo.
Cuestionándome me encuentro, sacudiéndome me
despierto, adictiva medicina llamada vida.
Pasaron los días de los credos, pasaron los días del naufragio atravesado con
arpón.
El pescador se convirtió en la red que lo atraviesa,
sepultado en el fondo obscuro del pasado.
No pierdas la razón viendo al sol cuando estás hecho
de compasivos arrecifes ancestrales, fuiste océano.
Atrapando sueños atrás del miedo, vivo así como alguna
vez la voz pura nos dejó a los cinco años.
¿Dónde estás ser humano? ¿Cuándo te perdiste en el
encantamiento del sueño?
La multitud me
tiene aconsejado con una moneda; dos caras se lanzan al viento, el futuro y ésta…
la gloriosa incertidumbre.
La mayoría del tiempo sólo entiendo de oleajes y
canciones, la mayoría del tiempo sólo capto a la fragata con su lengua blanca
andar por los manglares.
Las olas pasan, el tiempo no se detiene, mi mente de
repente presiente; un ir y venir se ríe de miedos alejados por altamar.
Ahora sólo entiendo que nos casamos con nosotros
mismos para antes que llegue el amanecer. Y ahí estaremos entre los granos de
arena, las olas que se rompen y las islas que nos conforman al nacer.
Sayulita Nayarit México
18/Diciembre/2014

