Se sentó en la
silla, su túnica era negra, la barba blanca y le llegaba al pecho. Su mirada
estaba un poco perdida como el de la persona que busca algo adentro y no tanto
afuera.
Su estómago era
grande como el de un oso, la barriga salía un poco hacia fuera, enseñando los
años del buen comer que tiene en su cultura.
En la parte
superior de su gorro o sombrero estaba colocada una crucecita de oro, y en su
rostro, en sus arrugas… se veía un andar sin descanso. En cuanto me senté cerca
a su silla supe que íbamos a conversar, o por lo menos cruzar las miradas.
Él veía una foto colgada
en la pared del restaurante cerca de nuestras mesas, una foto que iluminaba
todo un paisaje hermoso y yo también admiraba la foto así como él, quizás más o
quizás menos. De pronto nuestras miradas se cruzaron y le dije: “La hermosa isla de Serifos”.
-
Sí,
ahí crecí pero nací en Tinos.
[respondió con su voz grave y extranjera]
-
Que
bien, yo he visitado Grecia, es hermosa. [agregué yo amigablemente]
-
¿Ah sí,
y de dónde eres? ¿Tú también eres extranjero verdad?
Como si el hecho de ser de otro país, y no ser de donde vivimos nos uniera
de algún tipo. Como si fuera una línea que se traza sin dividir, un camino que
nos une. Como si el hecho de ser del extranjero es lo mismo, cientos de países…
pero dan lo mismo.
-
Yo
soy de México pero viví en Turquía y por eso visite Grecia. [mentí un tanto]
-
Ah,
muy bien y ¿en que parte de Turquía viviste?
-
En
Estambul, hermosa ciudad.
-
Ah…tú
dices Constantinopla [con tono amargo y serio]
-
Sí,
Constantinopla [contesté con tono dulce]
Sus ojos se perdían y yo no sabía si continuar preguntando o conversando
acerca de algo. Mis palabras no me salían, tan sólo podía ver su túnica y
preguntarme que tipo de hombre se encontraba enfrente de mí, cual sería su
pasado y ¿de qué tipo de vida se trataba la que el ejercía? Sí el papá de la dueña
del restaurante, ¿pero que más?
Su barba era algo sucia, su túnica más sucia aún que la barba. Tenía un
tipo de caspa. Llamó a su hija con un tono grave, más aún que el de antes: “Katarina, échoun neró gia af̱tó to efto̱chó”. Ella regresó con un pequeño vaso con agua. Yo sólo
alcance a comprender una palabra “neró”,
que significa agua en griego.
Sonreímos los dos y nuestras miradas se encontraron por la tercera vez, fue
irremediable conversar de nuevo. Curiosamente yo también iba vestido de negro. Comencé
a pensar en todas las personas que había conocido de otros países antes de él.
Supe que era mi destino estar sentado ahí, enfrente de él y conversar con él.
-
¿Y a qué
te dedicas? [pregunte con tono curioso]
-
Soy un
pastor retirado de la iglesia, “Tradicional”, ortodoxa griega. [tono serio]
-
¿Tradicional
eh? [dije como queriendo saber más]
-
Sí, es
muy diferente a esas “nuevas”. [dijo con tono despectivo]
-
Ah,
entiendo…aunque no sé nada de tu religión.
-
¿Pero sí
sabes que tenemos más de 600 templos en EEUU?
-
¿Ah sí
y desde cuando llegaste a los EEUU?
-
Llevo
45 años viviendo aquí y hace unos cuantos que me retiré.
-
¡Que
impresionante! Llevas mucho viviendo aquí.
-
Sí,
este país es un buen país para vivir.
-
Qué
bien, sí yo pienso lo mismo. [pensé en lo cuanto que me costo aceptar esto]
Pareciera que el tiempo no se detenía y
ambos envejecíamos con las palabras, recordé muchos encuentros similares en Turquía
y Grecia en dónde las personas comentaban del pasado, uno que no terminaban por
olvidar. Aún los pueblos no se perdonaban del todo pensé erróneamente.
-
¿Cuál
es el problema con Turquía? ¿Por qué tanta distancia entre los países?
-
Bueno,
es que ellos nos quitaron una parte del país y han pasado tantas cosas.
-
¿Mucho
rencor y sucesos que no se olvidan verdad?
-
Bueno más
bien es en contra del gobierno, la gente no tiene la culpa.
-
Que
bueno que pienses así. [respondí un tanto contento con sus palabras]
-
Aunque
hay algunos del Islam que…uff. [sacudió su cabeza]
-
¿Qué
pasa con ellos?
-
Bueno
es que hay gente que practica esa religión que son locos.
-
¿Por qué?
[Le piqué la cresta al gallo sin darme cuenta, ingenuamente hecho]
-
Se
matan con bombas, y les dan pastillas a los niños para que lo sigan haciendo.
-
¿En
serio? [dije con un tono de una persona que se va alejando en un camino]
-
Sí,
dan unas pastillas para hacer a la gente mensa, para que hagan lo que sea.
-
Pero
no todo son así, sólo es una parte de esa religión, pero no el todo. [Me fue difícil
no juzgar su cara que se transformaba y su ira controlada].
De pronto sus ojos se llenaron de furia,
tenía un rencor guardado, sabía yo en ese momento que algo que no decía estaba
oculto dentro de él, en sus profundidades un kraken. Había un rencor contra alguien, generado hace tiempo, un
rencor no sanado del todo, puedo jurar que mi instinto me traicionó y me dejé
llevar por mi mente, quizá.
Aun así, me di a la tarea de verlo cara a
cara, ojo a ojo, me concentré en mandar perdón y amor a su mirada que estaba en
el mar Mediterráneo. Huyó de mi mirada como un venado
que huye del cazador. Él era un muy buen actor, guardaba tanto en su interior,
pero con calma. Le respete las canas y la barba blanca, le di la tregua, le obsequié el regalo de
huir.
Yo sabía que era un viaje largo y
doloroso pero en ese momento lo enfrenté por su bien. Le solté una mirada de cariño
pero honesta, dejé ir una mirada de enfrentamiento pero saludable, sin hacer daño, una sonrisa de ojos que quería ver algo en su alma. Puedo jurar que lo conocí
por un segundo y eso hizo que todo el día valiera la pena vivir.
Félix Medina [Indianápolis, Diciembre del 2012]

