Me subo el zipper
de la chamarra, hace frío, son las cinco y treinta de la madrugada. Este pasado
ya no pesa casi nada, me doy por vencido. Camino rumbo a mi carro, cargo mi
mochila. Si supiera lo que me espera no estaría pensando en la flojera del
momento.
Viajar siempre será
divertido, por más que lo vivo no lo recuerdo cuando lo hago.
En el fondo de la
mochila un vacío, pero la jornada enseñará a llenar ese vacío. Equipado con las
banderas cocidas a mi mochila como a mi corazón, me dispongo a viajar de nuevo.
Quien diría que un viaje de distancia tan corta te llevaría a una distancia tan
larga dentro del corazón.
Son las seis y
treinta de la mañana, voy en camino a mi objetivo. El viento es ligero, y en el
recorrido veo aquellos gigantes, los molinos que me recuerdan a un Don Quijote.
Un nuevo y viejo personaje a la vez; uno más modernizado, más norteño, más
ario. Estoy muy lejos de una de mis casas, de aquella cuna que me vio nacer. Literatura
clásica; ahora metáfora de quien soy.
La ciudad es
enorme, llego de improvisto, no me esperan tempranito, algunos monjes budistas
nos tienen preparada una gran fiesta. El evento; las bendiciones de Vajrapani, buda de la sabiduría. Para mi
sorpresa somos un buen número de participantes.
El retiro fue
excelente, muy necesitado. Yo dejo que mi mente explote con lo que tiene y hago
que busque más. El retiro fue un viaje volátil, descubrimiento, vagabundo extraño,
amorfo y sacudió mi mundo con dos palabras: análisis y esfuerzo. Después no
queda mas que viajar, seguir luchando y caminando. Hay que darse cuenta de la
magia de esta ciudad y comerse el asfalto con las plantas de los pies, como si fuéramos
carnívoros, lagartos urbanos. Así me dispuse a indagar en la zona del centro, mientras
esperaba a mi pasado. Un pasado representado por un amigo y extraño a la vez llamado
Carlos.
El pasado tiene
nombre, un mundo de lo nuevo y lo viejo. Me junto con Carlos, ya después de
haberme echado mi respectiva charla con mis padres y madres, amigos y amigas. Después
de haber descansado en la más famosa cadena de cafés, posiblemente existente en
este mundo, esa de la sirena con las estrellitas.
Desde el sillón
vi pasar a los transeúntes; que paraíso, cadena perpetua de diversidad, acaso así
es como se pierde uno en el eterno mundo. Soy un adicto; lo tengo que admitir,
soy un drogadicto y obsesionado del arte del mundo, de la variedad. Repito en
imágenes cada lenguaje, cada mirada, cada paso, cada rostro… todo me enamora.
Realmente estoy perdido y encontrado a la vez.
Lo más fabuloso es
que al encontrarme con Carlos la noche hizo metamorfosis. Ya no existía el
presente, el cansancio se había ido. Melissa, su prometida estaba con nosotros y
también sus amigos que visitaban de Minnesota: AJ y Ryan…todos me hicieron
sentir en casa. ¡Bienvenido a Chicago!
En el grupo de
ochenta o quizá hasta noventa personas muy pocos nacidos y crecidos en Chicago.
Podría jurar que somos un ochenta por ciento extranjeros. Quiero adivinarles
las nacionalidades a todos, quiero. Juro que puedo, lo intento, fracaso, no soy
tan bueno, me falta el arte del espionaje, no soy un espía… sólo aventurero.
Tan sólo en unos
minutos recorro el mundo en un cuarto. Me voy de Costa Rica a España, de
Bulgaria a Italia y hasta me encuentro con mi México. Ese que me vio nacer
tantas veces y me dio tantas caras, tantos rostros que de pronto a veces
olvido.
Después de la
noche, pesco una que otra nueva persona, nos mudamos, ahora estamos en un bar Inglés:
el English. Así nos dieron las cuatro
de la madrugada y ya conocía la isla del estar comigo mismo, por fin estoy
conmigo mismo, lo he logrado. Yo sigo con mi mochila, con el movimiento
perpetuo, no he podido parar esta rumba, este viaje, uno que se representa en precipicio
que nunca termina, es como una cascada.
Lo que más importa
de estos tipos de viajes es que en el verdadero ser interno de uno florecen
preguntas, respuestas y empiezan a abrirse paradigmas como si fueran nuevas
ventanas al ser. De pronto eres diferente, otra versión de ti nace y sólo han
pasado un par de días, quizá sólo horas, minutos. Puedo ver que en el afecto de
las personas vivo, y puedo confiar mi vida. Una vez más confío mi vida en mi
pasado, que es mi presente, sonrío.
Aprendí que todas
las personas son buenas en esencia y los que ahora no responden de una forma positiva
pues es que el camino los fue cambiando. Generaron [o degeneraron] demonios y
fantasmas internos inexistentes. En todas las personas puedes encontrar algo de
que enamorarte, tienen algo que les apasiona, tiene un don que nadie más posee,
algo único. Puede ser hasta lo más mínimo, una mirada, un movimiento o tan sólo
una palabra.
Me enamoro de las
gaviotas que vuelan en el lago, de aquella cubierta de hielo, me enamoro de
aquella pareja que camina allá agarrada de la mano, del paraguas negro, de cómo
me ve aquella mujer asiática, del bebé que viene en aquella carretita, me
enamoro de cómo se nubla el cielo y se nos viene la neblina. Me enamoro de lo
que callamos todos y nos decimos con la mirada. Así me convierto por fin en el
alcohol etílico de Chicago, ciudad que me escupe, me traga, me escupe, salgo
disparado por los rascacielos móviles.
Por un momento
juro que todos habitan de alguna forma dentro de mi y todo momento se vuelve
intensamente significativo; el cansancio, la fortuna, los desamores…ya nada
importa estoy conmigo, estoy bien. Medito aunque sea un momento, me acuesto, me
levanto, me siento bien y me siento mal… pero a fin de cuentas sigo conmigo.
Sigo aprendiendo, derrotando, re-evolucionándome, fracasando todo el tiempo pero
levantándome constantemente, aunque esto pese hasta el fondo del lago…Chicago.
Félix Medina / 11 de Marzo del 2013 / Chicago,
Illinois, EUA