La bruma
baja del monte, como si su única labor fuera empaparnos con su belleza. Las
manos místicas que se comen a la selva, la única araña que me ha encantado.
¿Cuántos días
llevo aquí? He perdido la cuenta, pero le he visto la cara al mar, su cara de espuma,
su rostro, es blanco y de ultratumba, de renacimiento y de tantas cosas que no
me atrevo a recordar. Un escritor tiene su límite, cuenta hasta que se cansa, hay
veces que debemos dejar al pasado en paz.
El atardecer
se postra de nuevo en este paraíso, es el rey, el gran ojo, el ojo rojo, el ojo
divino, el que baja por el monte solitario, bien postrado, el ojo secreto que
cuenta las historias desde que éramos niños, desde antes que yo aprendiera la
lengua anglosajona de aquella isla.
El viento aquí
sopla un aire primaveral, sopla como si me fuera a mudar la piel con tan sólo
tocar este aire. La brisa viene desde aquellas olas, emana desde aquellas que
se rompen como se quiebran los días. Otro día más ha pasado, otro paraíso más
ha muerto y con el renace la cultura milenaria de nuestros ancestros.
Hay dos
tipos de buitres, de animales carroñeros, los que vuelan con sus caras
marcadas, con sus alas negras acariciando el paisaje pacífico y los que nadan.
Ah, pero estos que nadan, sólo se tienden sobre el mar, cazan a las olas, se
ven a lo lejos en grupos, esperando, pacientes, cazando al océano, los únicos que
se atreven a cazar este elemento de la tierra son ellos, todo por un puñado de
adrenalina. Dicen que tomar una ola en el tubo es lo más cercano a Poseidón,
quien se atreve a desnudar los secretos de las olas se atreve entonces a jugar
con los dioses que moran en las profundidades del océano.
Yo me
conformo con desnudar mi vida de frente, viendo hacia el horizonte. Donde ya no
hay nada. Eso me da adrenalina. Me conformo con mirar a las personas pasear por
la playa, algunos que otros reírse por allá, risillas a lo lejos, las parejas
bien tomadas por la mano, para que no se olviden de estas memorias, todos me
recuerdan muchas cosas.
Algunos niños,
juguetones, no tienen nada más que adorar al mar, se divierten tomándose de la
mano, como sus padres, yo para mis adentros deseo que los nenitos nunca cambien
y que la vida no los quiebre como a las olas y como a mi espíritu, pero es
irremediable, aun así les deseo que siempre sean felices. ¿Qué es esta cultura
que emana desde la sal?
Aquí la
vida es tranquila, un poco sucia por las mañanas pero tranquila, las palmeras
no huelen tanto a coco, ya en el amanecer huelen a café, café con un poco de coco.
Los muchachos con sus mochilas bien puestas y sus brazos color marrón, marrón
dorado, marrón café ya están listos desde temprano para servir, viven para los
turistas.
Yo no me
equivoqué, llegué al lugar correcto, pero sí me di cuenta que los lugares son
lugares y eso es todo, la mente, el espíritu y el cuerpo valen más que un
lugar.
En donde
sea que estemos se nos debe entrenar para amar, amar mas allá de la playa, mas allá
del mar, amar sin ton ni son, amar como se ama en esta cultura, sin importar
los fondos monetarios, con humildad, amar desde el fondo, desde las entrañas de
nuestro abdomen, amar, darlo todo y aunque se burlen de los amantes de la vida.
Seré un
soñador, un trotamundos, seré un errante gitano, pero nunca, nunca, ningún día
he dejado de amar y ese es mi legado para el mundo. Adiós Sayulita, gracias por
la lección, me has enseñado a amar, amar con sal, amar por simplemente...amar.
Espíritu Ave – Lahat Kan – 4.12
Sayulita, Nayarit, México