La
despedida
Caminaba
como si fuera la última jornada de su vida, el puente entre la vida y la muerte,
una luz tenue abriéndose el camino entre la obscuridad. En su mano, el objeto,
el último objeto de su adorada colección. Toda una vida coleccionando dichos
objetos para que al fin de cuentas esté entregando todo.
El objeto
pudiera haber sido lo que sea; un trofeo, una piedra, una pelota, un pedazo de
nada, un pedazo de mierda, pero para él, representaba el máximo desapego y el último
suspiro. Un aliento solitario de una vida que se apaga y da comienzo a una luz.
Cual bebé que nace y quiebra la obscuridad de su madre, el último objeto yacía
colgando de una delgada telaraña en el espíritu de su amo.
Los años
han pasado, las cosas han cambiado, todo ha girado, él ha tenido algunos
retortijones caminando. Y en el peregrinaje a la rendición…aparece un aullido
de un sinfín de memorias, las cuales llegaron como quien pierde un campeonato
de algún deporte, para el cual ha practicado toda una vida y lo recuerda.
Nuestra humanidad
está resquebrajada, pensaba él, todo mundo se ha rajado el vientre. Lo que se
ha construido en el mundo ya no tenía sentido alguno para él. En la mente
mientras pisaba la nieve, sólo una
fuerza de la naturaleza tejía la voz de una cálida melodía, solamente un
trópico placer derretía la nieve. En su mente, sólo el mar reposaba en su
tragicomedia y fuera de su cuerpo las temperaturas de un pasado congelante,
estaban al blanco vivo. Dentro de su sangre, el presente y el futuro, su aliento paseaba cual ave hecha de hielo, de
un oído al otro, presenció el murmuro de la eternidad.
Como si
fuera un campo después de una quemazón, pensaba que no sería capaz de ser el
mismo hombre de nuevo. Se había tomado esa elección, tal como un Montecristo y
no se podía volver atrás. Después de este paso hacia el fin, solamente habría
de existir un universo, el del ser uno mismo.
Que difícil
tarea para él, tanto como ser un aeroplano ruidoso y lento, como máquina voladora
que no funciona, que se desliza bajo en ocasiones y suena como tractor con
alas. Apenas los pasos se dan, pero al fin de cuentas un olor a gasolina
victorioso, inundaba el aura del paisaje.
El imperio
de un antiguo reinado rojo caía, y lo hacía tal como caen los marineros en alta
mar, tal como caen las cenizas de una ciudad, tal como caen la palabras
extrañas, las que no se comprenden. Todo lo existente, viviendo ya en una tierra
lejana que de pronto se había convertido en su casa.
Siete años
decía, siete años aquí y completamente parte de un espasmo, de una nada de este
laberinto llamado vida. Un espermatozoide que va recorriendo un corto camino
creacionista. Se dio cuenta por fin que la vida es un suspiro y que realmente
pocas cosas de las que los humanos hacían valen la pena, que pocos momentos
pueden llamarse eternos. Que las lágrimas y las carcajadas están contadas.
Sobre todo
pensó en las leyendas que se van quedando guardadas como raíces dentro de los recovecos
del corazón, de generación en generación. Las que le permitían seguir siendo si
mismo. La mayor tarea, pensaba él, el mayor logro, se decía, es ser feliz, que es
ser uno mismo, el regalo infinito de Dios.
Sin perder
de vista ese camino sembrado por el universo, todo lo demás es lo de menos. El
tiempo entonces se transforma en un amigo que te acaricia, un trastornado
momento, donde todo es irremediablemente perfecto. Donde cada segundo es
sublime e incomprensible. Somos todos, una versión más de lo que siempre es y
pudo ser.
Abrió su
mano, vio su último pedazo de colección, observó el recipiente de basura un
tanto a la distancia. Y tal como un beisbolista profesional, arrojó el objeto
con tal fuerza, que algún insecto en la basura sintió que era el fin del mundo.
Cuando dicho objeto se arremetía con furia en el basurero, causó un relámpago
entre sus paredes, la erupción del fin de los días.
Juró entonces refiriéndose a su otro yo que
siempre le observaba, que no iba llorar, que ese sagrado momento representaba
para él lo más sublime, el paso a la nueva vida. Una ordenación de su propio
monje budista, la metamorfosis de su ser mariposa.
El sol y la
luna; que se habían unido para su despedida en forma de eclipse, copulaban como
estrellas reflejadas en el mar a la perspectiva de sus palabras. Entonces todo
se desvanecía, y hubo un momento de silencio puro en donde el prometió sin
miedo que la muerte sonriendo le esperaba.
Félix
Medina - 4/Febrero/2014
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