Montréal: La ville éternelle *11 de junio del 2013 * Montréal, Québec,
Canadá*
¡Bienvenidos a Canadá! Decía la primer pancarta que vi en lo
alto bajando del avión. Estoy orgulloso por alguna razón de estar aquí, en otro
país que no es ni México, ni Estados Unidos. He llegado hasta una nueva tierra.
La tierra de la hoja de maple, de los
alces, del hockey sobre hielo y de las tantas aventuras en el bosque.
Cada vez se agudiza más la percepción. Necesito viajar, me
hace sentir vivo, es claro que es parte de mi, de mi existencia, de lo que
vengo a hacer en este mundo. Siempre me pone en
perspectiva el viajar y me da una diferente visión, siempre regreso
cambiado a casa, como si fuera un viaje metafísico y no tanto corpóreo.
Hoy conocí mejor a mi espíritu, me conozco mejor gracias al
viaje. Explorando una ciudad como esta, tan europea, tan diferente, y
localizada en nuestro continente Americano, es realmente una intriga total. Hay
mucho misticismo y magia. No puedo creer que todo está en Francés, que no hay nada
más escrito mas que en dicho idioma. Todos a mi alrededor hablan esta bella
lengua que no entiendo pero que esta relacionada a mi y a mi cultura, a mi
pasado y a mi presente. Algo tan simple me transporta al pasado, me transporta
en el tiempo y en el espacio.
¿Por qué en el tiempo? Porque los parques estan llenos de
gente, todos haciendo pic nics, alguno que otro bajo el hermoso árbol hacienda
ejercisio, otros quizá en bicicletas por los pequeños caminos y hay gente por todos lados caminando hasta
consumir los kilómetros. Es muy romántico vivir aquí, las parejas se ven como
si realmente sí estuvieran enamoradas. ¿Estarán enamorados unos de los otros? ¿Realmente existe el amor aquí, así como lo veo?
Hay alguno que
otro trovador cantando en el pasto, el sol se mete entre los árboles y las
notas musicales se disparan en el aire, los rayos del sol se quieren comer unos
a otros, mientras, yo camino como un extranjero sumergiendose en la más
calurosa bienvenida. El trovador a mi izquierda le canta al verano, es claro,
está feliz y el de a mi derecha esta inmerso en un mundo que poco conozco.
Malavareando.
Por fin me di
cuenta de lo que estoy compuesto, en un por ciento. Por fin apenas me estoy dando
cuenta de lo que vengo a hacer en este mundo. Esto ya es un avance me repito, y
me siento totalmente agusto conmigo mismo por lo menos en un segundo, un segundo
que vale la pena, que hace que valga la pena todo mi pasado, todo el viaje ,
todo el proceso de venir hasta acá.
Sin los idiomas
no puedo vivir, es claro, sin las
culturas del mundo no puedo respirar al Universo, sin los viajes y el romance
de la vida no puedo vivir, me podría casar con esto y vivir de esto solamente
día a día, es tentadora la vida así. No puedo existir sin estas realidades
estoy seguro de eso. Por lo menos en este momento de mi existir así lo
considero.
Después de esto
me caen diferentes veintes y poco a poco la cadena de pensamientos se
desarrolla en mi cabeza. Mi nacimiento en México, mis padres, mi familia, el
conocer a mi hija y a su madre, todo lo que esto conlleva. Era mi destino pisar
esta tierra francesa en Canadá, era mi destino despertar por la mañana decir Bon Jour y seguir siendo yo. Era mi
destino consumir esta cultura sentirla mia por siquiera algunos días y vivir de
ver al sol directamente y cara a cara sin ocultar nada.
Descurbrir el
llamado de la vida sentado aquí en un café, leyendo [o pretendiendo leer en
francés] el periódico y comer un panecillo dulce junto a un delicioso café
negro. Me da una satisfacción que me da un aire de ser un hombre
desacaradamente suertudo y con una vida de envidiarse. ¿Qué tengo? Nada. Solo
estoy comiendo un pan y tomando un café, sentado en una estación de metro. No tengo nada.
Dejo a Montréal,
sí, lo dejo y se va. Pero conmigo se queda la ciudad eterna, la que nunca se
olvida, la que me hace pensar, la que me hace sentir vivo, amado, querido y
romántico, por fin, por fin de nuevo creo en el amor. Vine a un país extranjero
a buscar el amor, no lo encontré, voy a otro país extranjero a buscar el amor y
encuentro el verdadero amor, ahora sí, lo encuentro una y otra vez. Ya no está
en ninguna mujer, sino en todas partes. Mi amor anda cruzando fronteras como si
derrumbara montañas, como si mi andar fuera un volcán que se mueve y que anda
descalzo, sin nada que esconder. Eso es… ya no tengo nada que esconder.
Conmigo se quedan
los cafés de la mañana, el petit déjeuner
,los croissants, las tártaras de salmón, el viento europeo, los ladrillos de la
calle, sus piedras, los pequeños letreros de alto que dicen arret, las razas que se mezclan. Clavo en mi corazón
a mi querido veux port, Mont Royal, La basilica de Notre Dame con sus estatuas de Madera
que son como abismos en mi pecho.
Aquí se me
quedan mis aires de grandeza, la belleza de nuestra raza, aquella se combina de
dos y más, aquí se me queda parte de mi andar y en mi alma se queda grabada la
ciudad como lanza encajada en el espíritu. Esta ciudad es el pueblo de mis
sueños, en este momento me pertenece.
Me siento
sumamente afortunado de estar tocado por el amor de esta ciudad eterna.
Montréal me ha dado el más grande regalo que una ciudad le puede dar a un
hombre; el de amar a su propia vida y dar la vida por ello.
Félix Medina
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